La emancipación del espíritu

Autor: Álvaro Rodríguez Tirado
 

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En el presente libro, su autor hace una defensa del humanismo liberal que tuvo su origen en el pensamiento de los griegos, y se consolidó en los siglos XVII y XVIII, los llamados Siglos de las Luces y la Razón. Este período de la historia se conoce mejor como la Ilustración, una nueva ideología que puso a la vida y la felicidad del hombre en el centro de la jerarquía de valores, e hizo de la razón y la evidencia, las guías más confiables para el diseño de nuestras instituciones sociales.

Hay existencias

Descripción

Fuente a citar.- Rodríguez Tirado, Álvaro (2016). La emancipación del espíritu. Hacia un humanismo sin teología. México: Grupo Editorial Cenzontle.

Introducción

A lo largo de la historia, el término humanismo ha sido usado con connotaciones múltiples. Sus raíces lo vinculan con el término humanitas, humanidad, pero también con el de homo, hombre, ser humano. En la antigüedad clásica greco-latina, el vocablo studia humanitatis se aplicaba, fundamentalmente, a la enseñanza de la historia, la ética, la retórica y la poesía, lo que tiempo después ven­dría a constituir el ámbito de las humanidades. Posteriormente, el término humanista se aplicaba a los estudiosos de los clásicos pero, sobre todo, a quienes escribían y se comunicaban en el latín culto de Cicerón, y sólo hasta el siglo xviii el énfasis vendría a recaer en el hombre y a fincar en él los derechos que le corresponden por su propia naturaleza.

Un siglo después, a partir de la publicación de la gran obra de Jacob Burckhardt, La Cultura del Renacimiento en Italia1, el término humanismo se hizo de uso común entre los historiadores, aunque no todos lo usaban con el mismo sentido. El común denominador lo constituye la preocupación por la dignidad del hombre, pero el contraste entre las distintas posiciones puede verse en la postura clásica y renacentista centrada en el hombre mismo, y la que de­fienden los seguidores de la fe y la religión que pretenden reservar su uso para la reflexión que gira en torno a Dios y que deriva de la Edad Media, aunque algunos de sus conceptos fundamentales vie­nen también de los pensadores clásicos de la antigüedad. Se trata, pues, del eterno contraste entre Atenas y Jerusalem.

No era gratuito que en el Renacimiento, materias como la retó­rica y la ética figurasen como de las más importantes en una sólida preparación humanista y, finalmente, lo importante era que quien se preciase de ella, supiese hablar bien y distinguir entre el bien y el mal. Por esa razón, los humanistas del Renacimiento se distin­guían de los estudiosos de la escolástica, de filósofos medievales como Tomás Aquino, Duns Scoto y Guillermo de Ockam. En su lugar, los humanistas del Renacimiento prefirieron a Cicerón, que les enseñaba a hablar y a escribir como es debido, y a Sócrates, que les enseñaba a pensar, y a distinguir entre el bien y el mal.

Hoy en día, nos resulta un tanto incomprensible que ciertas ideas teológicas puedan llegar a inflamar la mente de algunas per­sonas, agitar sus pasiones mesiánicas y conducir a sus sociedades a la ruina. Pensamos que nada de eso seguía siendo posible, que habíamos aprendido a separar las cuestiones religiosas de las cues­tiones políticas, los mitos fundacionales del hombre, y los resul­tados de la investigación empírica y la ciencia. Pensamos que el fanatismo había muerto. Y nos equivocamos por completo.

El surgimiento del Estado Islámico de Irak y de al-Sham (ei, por sus siglas en español, o bien, isis, isil o daesh, como también se le conoce) hace unos 12 años, y su irrupción más reciente en los ase­sinatos en París de junio del 2015, así lo demuestran. Han pasado siglos desde que cesaron las guerras religiosas que azotaron Euro­pa, y de los tiempos en que los hombres se mataban unos a otros por disputas teológicas arcanas, y eso explica la incredulidad de quienes vivimos en occidente al constatar la vigencia de prácticas y creencias teológicas enraizadas profundamente en sociedades que viven en el siglo xxi y que francamente todos, o una inmensa mayoría, veíamos como verdaderas reliquias del pasado. El hecho de que en Washington la ideología religiosa no tenga un peso tan brutal en la política ―aunque, como veremos más adelante, siga te­niendo un peso definitivo―, nos ha hecho pensar que en los países árabes sucede algo similar, y ello ha impedido que entendamos, bien a bien, qué es, y qué realmente se propone el Estado Islámico. No es de sorprender, por tanto, que la estrategia diseñada para combatirlo haya tenido poco éxito a la fecha.

El Estado Islámico no es, en realidad, una organización terro­rista, aunque evidentemente hace uso del terrorismo como una de sus prácticas. A pesar de que existen muchas definiciones de “te­rrorismo”, la mayoría de los expertos coinciden en incluir varios elementos. Por “terrorismo”, se nos dice, se entiende cualquier uso o amenaza de la fuerza y la violencia en forma ilegítima, por parte de una entidad distinta al Estado, a fin de alcanzar algún objetivo político, económico, religioso o social, a través del miedo, la coer­ción o la intimidación. A diferencia de organizaciones como Al-Qaeda que sí califica como organización terrorista bajo este criterio, el EI dispone de unos 30,000 elementos en sus fuerzas armadas, controla territorio tanto en Irak como en Siria, así como en otros países, tiene líneas de comunicación bien establecidas, genera recursos propios y cuenta además con una estructura jerárquica dividida en provincias, mientras que su aparato burocrático está integrado por cuerpos civiles y militares. Osama Bin Laden es una criatura de su tiempo, un producto del mundo seglar moderno y sus soldados de a pie, como Mohammad Atta, quien fuera uno de los secuestradores que el 11 de septiembre estrellara su avión en contra de la Torre Norte del wtc, visitó Walmart y cenó en Pizza Hut el último día de su vida.2 En efecto, Al-Qaeda es una organi­zación terrorista, pero se trata de una organización esencialmente moderna, no sólo porque utiliza teléfonos satelitales, computadoras portátiles y sitios encriptados de internet, sino porque como lo de­muestra el ataque a las torres gemelas perpetrado por Atta y sus compinches, ha entendido que las guerras del siglo XXI son encuen­tros espectaculares en los cuales la diseminación de imágenes en los medios de comunicación, es una de las estrategias prioritarias. El EI, en contraste, y su dirigente constituido en califa a partir de julio del 2015, Abu Bakr al-Baghdadi3, se proponen hacer retroce­der el reloj de la historia y devolver la civilización al siglo vii en espera del apocalipsis. Lo que resulta preocupante y no fácil de entender, es el atractivo que un tal programa representa para miles de seguidores, ya sea que se trate de auténticos psicópatas, o sim­plemente jóvenes buscadores de aventuras, provenientes de países como Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania, Holanda, Australia, Indonesia, Estados Unidos y otros países más.

Mal haríamos en negar que el núcleo de creencias de quienes se sienten atraídos por el EI tiene un carácter religioso, es decir, su punto de partida lo constituye una interpretación del libro sagrado de los musulmanes, el Korán, y de lo que ellos consideran citas ver­batim del pensamiento de Mahoma, el Hadith. Dicha exégesis pue­de ser discutida, y de hecho es puesta en tela de juicio por quienes se la viven repitiendo el mantra de que “el Islam es una religión de la paz”, pero nadie que conozca la letra del texto sagrado puede dudar que se trata de una interpretación realmente apegada a lo dicho ahí. Y, por otro lado, no hay nada realmente que sea el Islam, más allá de lo que hacen los musulmanes y sus variados ejercicios de interpretación de sus textos.

Preguntémonos sobre las razones y argumentos con los que de­bemos enfrentar la amenaza que representa para nuestras socie­dades el Estado Islámico. No podemos pretender enfrentar este reto únicamente mediante tácticas de contraterrorismo y contra­insurgencia, sin detenernos a tratar de entender más a fondo los móviles de su religión y su teología. Debemos hacer a un lado la incredulidad a la que me referí arriba respecto a la vigencia de tesis y prácticas que considerábamos superadas hace ya mucho tiempo y que el EI ha resucitado para la conmoción de occidente. Esforcémonos por entender la mentalidad de los seguidores del EI, y a verlos como lo que son, auténticos retrógradas dispuestos a reproducir las normas de comportamiento de los primeros años del Islam, tiempos aquellos en donde prácticas como la crucifixión, la esclavitud y las decapitaciones eran algo común y corriente.

Pues bien, en el presente libro me propongo desentrañar los orígenes del pensamiento religioso en general, pero mi objetivo fundamental es mostrar cuál es la alternativa humanista ―la del pensamiento crítico que no atiende más que a la lógica y la razón, y busca siempre el respaldo de la evidencia empírica―, y exponer el pensamiento de quienes han sido sus principales defensores en la historia de las ideas. Como veremos, se trata del pensamiento de humanistas que creen que la ciencia y, en términos más generales, la razón, son herramientas invaluables y deben aplicarse en todas las áreas de la vida, es decir, ninguna creencia puede considerarse fuera de su alcance y protegerse o aislarse del escrutinio racional.

Por su parte, los filósofos de la escolástica, nos ofrecen una ma­nera de pensar muy distinta. En su opinión, los asuntos humanos deben vincularse de manera esencial con cuestiones más elevadas que tienen que ver con Dios, la estructura del cosmos, la naturale­za del alma, el origen de todas las cosas y el final de los tiempos. Este paradigma del pensamiento cundió en la Edad Media pero, como dijimos antes, tiene también su origen en el pensamiento de los clásicos grecolatinos. Sólo que la riqueza de esa cuna del pensa­miento, dio lugar también a un pensamiento que desde su origen buscó desentenderse de las disputas sobre la revelación divina, y se resistió a entrar a la lógica de la teología ofreciendo razones para su rechazo. Se dispuso, en consecuencia, a legitimar el ejercicio de la autoridad sin apelar a la revelación, atendiendo a la naturaleza de la mente, a la razón y las reglas de inferencia, a la dinámica de la interacción humana. Fue así como surgió el germen del pen­samiento crítico, de ese humanismo no-dogmático que mostró en todo momento un enorme escepticismo respecto a la existencia de Dios, de ángeles y demonios, de la inmortalidad del alma y de la existencia misma del cielo y del infierno. Pero del lado positivo, se trataba también de un humanismo que trae consigo un compro­miso con la existencia e importancia de los valores morales, que rechaza la tesis de que no puede haber valor moral si no hay Dios, y que pone el énfasis en la autonomía moral y la responsabilidad del individuo. La historia de cómo fue esto posible es la que me propongo relatar aquí.

Por lo pronto, dejemos en claro que los humanistas compartie­ron una profunda admiración por la antigüedad clásica y una no menos profunda preocupación por el destino del hombre. Inspira­do en esa idea, me propongo también rescatar el estudio de las hu­manidades toda vez que, como veremos más adelante, el modelo educativo que predomina en nuestros días sigue un paradigma de vida y pensamiento que gira en torno a ejes que poco o nada tienen que ver con los valores de antaño. Preguntémonos, entonces ¿cuál podría ser la razón para estudiar, digamos, filosofía o historia, en nuestra vida moderna? ¿Qué podríamos aprender de las obras de los grandes filósofos, ocupados como estaban ellos en el análisis de problemas que poco o nada tienen que ver, a primera vista, con nuestra vida actual? ¿Cómo es posible, preguntémonos, que algu­nas personas que vivieron en Asia Menor hace casi tres milenios puedan tener algo que decir que resulte importante para quienes vivimos en el siglo XXI?

Al menos podemos afirmar que ninguna persona sensata po­dría dudar que la cuna de la civilización de occidente, ese lugar de origen del pensamiento que dio pie a la escolástica y a otros sistemas más liberales de la filosofía, se encuentra precisamente en la Grecia clásica, en la obra de filósofos presocráticos como Thales, Zenón de Elea, Anaxímenes y Anaximandro, y en la de los clásicos de la antigüedad Sócrates, Platón y Aristóteles, para no mencio­nar sino a los más notables. En su obra encontramos la semilla de nuestro pensamiento occidental, las primeras reflexiones sobre el poder transversal de las matemáticas ―un poder que, de hecho, in­cidía en prácticamente todos los campos del conocimiento, desde la física de su tiempo, hasta la música, la poesía y la astronomía― y los sondeos iniciales sobre la naturaleza del alma, el poder del lenguaje, los límites del pensamiento coherente y los retos de la organización social por antonomasia, la polis, para legitimar a la autoridad y garantizar el desarrollo integral del individuo.

Ahí se dieron también los primeros pasos para que siglos des­pués se consolidara el método científico, el método experimental, inductivo, que tantos honores y tanta credibilidad le han ganado a occidente. Nombres como los de Copérnico, Kepler, Galileo y Newton, han quedado incluidos para siempre en la lista de los pioneros del método que le permitió al hombre domar y dome­ñar la naturaleza. Vienen a la mente las palabras del poeta inglés, Alexander Pope (1688-1744) quien, en celebración de la apoteosis de Newton, escribiera:

Nature and nature’s laws lay hid in Night;

God said, “Let Newton be!” and all was light.

 

Sin embargo, estos argumentos han abonado el terreno para hacer creer a muchos que si bien la filosofía fue muy útil en el arranque de los procesos intelectuales que eventualmente desembocaron en el nacimiento de la ciencia como la conocemos hoy en día, queda ahora poco espacio y menos paciencia para las disquisiciones filo­sóficas toda vez que, al no disponer de un método como el de las ciencias empíricas, sus devaneos se tornan más una cuestión de palabras que de cualquier otra cosa. Se trata, según estos detrac­tores, de meras discusiones bizantinas que no conducen a ningún lado, como lo muestra el tan citado ejemplo proveniente de la es­colástica de obligarnos a decidir cuántos ángeles pueden estar de pie en la cabeza de una aguja o un alfiler.

Si esta es la concepción que se tiene de la filosofía, difícilmente puede sorprender que se releguen las humanidades a uno de los últimos lugares en la curricula estudiantil. Si a ello le sumamos que para las nuevas generaciones, para todos aquellos para quie­nes la vida resulta impensable sin celulares y redes sociales, la no­ción del tiempo, es algo muy distinto a lo que se pensaba, o se vivía, con anterioridad, voltear la mirada hacia la Grecia clásica se antoja como una verdadera extravagancia. Los jóvenes de hoy, atraídos por casos como los de personajes del calibre de Sergey Brin y La­rry Page de Google, sueñan con imaginar una idea que les brinde dinero a raudales y en un tiempo récord. Detrás de todo Start up, hay un joven idealista con una aspiración desmedida para que su idea pueda catapultarse a través del uso de las redes sociales y pueda llegar a un número de personas que se mida en seis o más dígitos. Esa idea del joven emprendedor, bien puede ser algo que contribuya al bienestar de la mayoría y que así se haya concebido, pero si ese afán explica el origen de la idea, pronto pasa a un se­gundo o tercer término, dejándole el camino franco a la idea del negocio, de la rentabilidad y la de maximizar el retorno de la inversión. Y en ese programa de vida, las humanidades tienen poco, o nada, que aportar.

Vivimos en una sociedad inmersa en una economía de mercado la cual se ha consolidado como el único modelo viable de desarrollo a partir del derrumbamiento del muro de Berlín en 1989. Empe­ro, en las últimas décadas hemos transitado hacia una sociedad de mercado4 y esto es algo, en mi opinión, francamente preocupante. Ahora resulta que, prácticamente, cualquier cosa tiene su precio, todo se puede comprar y está al alcance de todo aquél que pueda presumir el suficiente poder adquisitivo. Pero nuestra intuición nos indica que existen cosas que deberían quedar, por fuerza, fue­ra del alcance de las leyes que rigen los mercados, de la ley de la oferta y la demanda, pues se trata de valores que, como indicaba el anuncio de una tarjeta de crédito, hay, o había, cosas que el dinero no puede comprar.

Para todo lo demás, rezaba el comercial, hay Mastercard, pero con crédito o sin él, el conjunto de cosas que ahora se pueden com­prar se ha extendido considerablemente en los últimos años. El filósofo norteamericano Michael Sandel, pionero en la impartición de los llamados Massive Open Online Courses, MOOCs, por sus si­glas en inglés, pone varios ejemplos en su obra citada anterior­mente entre los cuales destacan casos alarmantes como el de una mujer de la India que renta su útero para eventualmente dar a luz el producto de otra persona. Al parecer, esta práctica de madres alquiladas, o suplentes, es legal y puede llevarse a cabo en la India a un costo menor a un tercio de lo que costaría en los Estados Uni­dos, es decir, unos $6,250 dólares americanos.

Hay multitud de casos que realmente deben hacernos reflexio­nar sobre la distancia que hemos avanzado hacia el endiosamiento del dinero, y su corolario de que cada día son menos las cosas que escapan a sus redes. Por ejemplo, es posible enrolarse en las filas de una compañía militar privada y pelear en Somalia o Afganis­tán, por una cantidad que oscila entre $250 al mes y $1,000 por día, en función de las calificaciones que ostenten, la experiencia y la na­cionalidad. Y ese aceleramiento del triunfalismo de los mercados, de pensar en los mercados como la solución, y en los gobiernos como el problema, ha puesto en evidencia las severas limitaciones de pensar que sólo los mercados son capaces de asignar el riesgo eficientemente, y de que el potencial de la desregulación para efi­cientar los procesos se había sobrestimado pues, más bien, lo que había hecho era servir como acicate para desatar la ambición más desmedida de la que se tenga memoria.

No puede dudarse que los mercados se han aislado por comple­to de la moral, de valores fundamentales asociados a la democra­cia y el humanismo, pero no por ello quisiera sugerir que yo tengo la respuesta de cómo vincularlos de nuevo. Nadie tiene la menor idea de qué hacer para conectarlos nuevamente, pero lo que sí es un hecho es que algo debe cambiar y debemos tener claro, al me­nos, la dirección de este cambio. El cambio va a mostrar ser más difícil, y más profundo, de lo que podemos imaginar desde nues­tra zona de confort. Debemos pensar a fondo, atrevernos a revisar algunas de las ideas que han guiado nuestras vidas y que, quizá, nunca hayamos sometido a un escrutinio más profundo, por lo que realmente ignoramos cuáles sean, bien a bien, las consecuen­cias que se siguen de ellas si las enfrentamos al cálculo frío de la lógica y la razón.

Mencioné arriba el caso de los jóvenes impresionados por la magna obra de personas como Brin y Page, y dije que ellos y noso­tros vivimos inmersos no sólo en una economía de mercado sino que, desgraciadamente, nos hemos convertido en una sociedad de mercado, una sociedad en la que todo tiene su precio. Esta expan­sión de los mercados hasta llegar a abarcar esferas de la vida en las que no tienen, o no deberían tener, carta de naturalización, debe llevarnos a preguntar, con Michael Sandel, cuáles son los límites morales de los mercados, es decir, en qué áreas de la vida no debe­mos permitir su entrada a fin de no vernos obligados a juzgar y razonar temas importantes de nuestras vidas con parámetros que sencillamente no les pertenecen.

Hay cosas que simplemente no podemos tratar como si fuesen mercancía, meros artículos de consumo, commodities, y si nos em­pecinamos en hacerlo así, tergiversamos su naturaleza y las de­nigramos y corrompemos. ¿Por qué? Porque ponerle un precio a algo, significa adoptar una cierta actitud con respecto a esa cosa, es decir, nos disponemos a tratarla como algo idóneo a ser usado, a comerciar con ella y obtener, de ser posible, una ganancia a través del trueque u otro tipo de intercambio. Piénsese, por ejemplo, en casos como la esclavitud, la trata de blancas y el comercio de ór­ganos vitales de seres humanos. En todos estos casos, lo que esta­mos haciendo es tratar como mercancías cosas que, por su propia naturaleza, no es posible sujetarlas a las reglas de los mercados. Si insistimos, lo único que logramos es desvirtuar su naturaleza y corromperlas. Tal es el caso de la esclavitud: someter a un ser humano a la ley de la oferta y la demanda, es ya no tratarlo como persona, es decir, como un ser cuya dignidad nos merece respeto, y nos impide verlo bajo el cristal de un instrumento para el uso y el lucro de quien dice ser su propietario.

El problema entonces es poner límites a los mercados, esto es, presentar argumentos que nos permitan delimitar zonas en las que los mercados y sus criterios de ganancias y retorno de inversión son bienvenidos, y distinguirlos de áreas en las que estos criterios poco, o nada, tienen que hacer. Pero los argumentos para susten­tar una posición en este ámbito, no pueden ser, en consecuencia, meramente económicos; es decir, no podemos valorar y calibrar su significado y peso moral de bienes que pertenecen a esferas como la educación, la salud, el cuidado de la naturaleza, el arte, etc., meramente en términos económicos, pues hay muchos temas relacio­nados indisolublemente con ellos que tienen todo que ver con la moral y la política de una sociedad, y poco o nada que ver con su economía, por lo que el estudio de las humanidades en general, y la teoría de la moral en particular, viene a ser, al final de cuentas, algo indispensable.

Son retos y problemáticas como estas las que nos han hecho aquilatar la gravedad de que el modelo de educación privilegiado en nuestros días tienda a enfatizar como lo único realmente im­portante, la necesidad de desarrollar habilidades y talentos para la generación de utilidades y ganancias, en detrimento de otras habilidades y talentos que se asocian más al desarrollo integral de la persona, su conocimiento de historia y de culturas comparadas, que haga hincapié en la formación de su carácter y la definición de sus valores como lo exigía el humanismo de antaño, todo lo cual lo capacita para entender y criticar el mundo moderno. Nuestro mo­delo actual mira únicamente hacia la consolidación del aprendiza­je de ciencias y técnicas que llevarán al educando a ser altamente competitivo en la economía global, pero en el proceso se tiende a valorar y desarrollar únicamente las aptitudes de la persona para todo aquello que resulta medible, con lo que se sigue alimentando un sistema que produce, y seguirá produciendo, máquinas útiles, en lugar de ciudadanos comprometidos y críticos, debidamente pre­parados para vivir en una sociedad moderna, pensar por sí mis­mos, aprender a ser críticos de su tradición, y de ideas y prácticas regresivas como las del Estado Islámico. Ciudadanos dispuestos a entender y adoptar la perspectiva, los logros y los sufrimientos de otras personas.

Nadie duda que cualquier democracia moderna que se respete, buscará tener una economía fuerte, robusta, y una cultura empre­sarial floreciente. Pero filósofos como Martha C. Nussbaum han levantado la voz para mostrar que este interés económico no sólo no se riñe, sino que presupone, una sociedad que se tome en se­rio las humanidades pues de ahí habrán de surgir los argumentos para promover con éxito un clima de responsabilidad en el que prácticas como la argumentación bien sustentada de otras culturas y formas de vida, así como la rendición de cuentas hacia el interior de nuestras sociedades, tengan una patente de corso5. Más aún, las capacidades para el pensamiento crítico y la reflexión que des­piertan la filosofía y las humanidades en general, son absoluta­mente indispensables para que una democracia se mantenga viva y estable, y cumpla su objetivo toral de acercarnos cada vez más a una mayor justicia. Ser capaces de pensar e imaginar otras cul­turas, otros grupos con una historia por demás diversa y tratar de entender la interacción entre ellos, y de ellos con nosotros, es fundamental para que nuestras democracias puedan lidiar con los problemas que se presentan en la actualidad como el que hemos visto que representa el Estado Islámico. Pero dijimos que no es verdad que la simple instrumentación de prácticas antiterroristas o de contrainsurgencia sean suficientes para acabar con el EI, como tampoco lo es que, en nuestras sociedades, todo lo importante se reduzca finalmente a un solo objetivo: la creación de riqueza eco­nómica. Para demostrar la falsedad de este supuesto, basta pensar en Sudáfrica y el régimen del apartheid en cuya época los índices de desarrollo económico de ese país se catapultaron, más no por ello disminuyeron un ápice las infames desigualdades distributivas, la brutalidad del régimen, y las enormes deficiencias en los servicios de educación y salud.6

Pero el modelo de educación debe abandonar, de una vez y para siempre, la idea de asumir por parte del educando una acti­tud pasiva, meramente receptiva ante el incesante bombardeo de hechos y teorías, y transitar hacia un nuevo paradigma en el que predominen las capacidades críticas, el sistemático cuestionamien­to de todo aquello que tienda a presentarse como verdades eviden­tes, claras y distintas, como quería Descartes, y optar en cambio por la exigencia permanente y constante de evidencia empírica, y/o razonamientos lógicos, que sirvan de sustento a cualquier creencia con pretensiones de formar parte de nuestro sistema. “Nothing if not critical”, era el título de uno de los libros del célebre crítico de arte australiano, Robert Hughes, título que por cierto viene de una de las obras de William Shakespeare.7

Aquí es donde sale a relucir el valor de la filosofía, la enseñanza del método socrático que no es otra cosa que un cuestionamiento crítico permanente de esas ideas con las que hemos guiado nues­tras vidas a fin de enseñar a los jóvenes a pensar por sí mismos, en lugar de hacerlo siempre a través de creencias y pensamientos de otras personas cuya base y sustento no son otra cosa que la tra­dición y la autoridad. Sócrates pensaba que la aplicación de este método en todas las esferas de la vida, era esencial para lograr una vida que valiese la pena vivirla. Este es el pensamiento quizá más ci­tado del filósofo de la antigüedad: “una vida que no es examinada, no vale la pena vivirse”. Pero la razón por la cual he querido traer­lo a colación en este momento, es porque estoy convencido que una vida inspirada en el dictum socrático es también esencial para el florecimiento y expansión de la democracia. Hemos visto que el desarrollo económico de una nación, por sí mismo, no es suficiente para asegurar el cumplimiento de su cometido esencial: hace falta voltear a ver otros asuntos fundamentales, como el respeto de los derechos humanos que puede presumir una nación, el grado de avance de su régimen democrático y la prevalencia del estado de derecho en todas sus transacciones. En otras palabras, lo que se ne­cesita es avanzar en forma integral en la formación de ciudadanos del mundo, seres capaces de debatir y depurar sus ideas a través del intercambio de razones y argumentos, en un permanente de­bate sobre la mejor forma de gobierno y la estricta observancia de la ley, una ley que responda a los verdaderos intereses de la ma­yoría y cuyos representantes estén en todo momento sometidos a un proceso de rendición de cuentas. Sólo con esta disposición al diálogo y al debate habremos de transitar hacia la acción local y el pensamiento global que nos permitan enfrentar exitosamente los problemas que nos aquejan y que por su propia naturaleza exigen de todos un ánimo constructivo y abierto a la cooperación interna­cional.

Piénsese, por ejemplo, no sólo en casos extremos como los re­tos asociados al Estado Islámico sino, también, en el calentamiento global, el cuidado del planeta y de las especies en peligro de ex­tinción, el conjunto de reglas mínimamente justas y honestas en el ámbito del comercio internacional, el fenómeno de la inmigración, el futuro de la energía nuclear y las restricciones a la proliferación de armas nucleares, la trata de blancas, el trabajo forzado de niñas y niños, y la legalización del uso y consumo de las drogas. Todos estos temas piden a gritos una cooperación internacional efectiva, pero para que ésta sea una realidad, necesitamos trabajar interna­mente en cada país y promover modelos de educación cuyo ob­jetivo central sea el de apuntalar una ciudadanía auténticamente global. No acierto a ver una manera de realizar este cometido que no sea a la luz de los objetivos que persiguen las humanidades, es decir, a través del fomento de ese espíritu crítico que enseña a pen­sar las cosas por sí mismo, apelando tan sólo a la lógica y la razón y exigiendo siempre la mayor evidencia posible para cualquiera de nuestras creencias. Esta es, como veremos en todo lo largo del pre­sente libro, la idea rectora que sirve de hilo conductor a la historia del pensamiento que nos proponemos relatar aquí. Pero, por lo pronto, permítaseme decir algunas cuantas cosas sobre el modelo educativo que tengo en mente.

Un modelo de esta naturaleza, es decir, un modelo educativo que se proponga fomentar el espíritu crítico y el carácter global de la educación, reclamará el estudio interdisciplinario de muchas materias enlazadas entre sí como el derecho, la geopolítica y la historia, además de, como es natural, el estudio comparativo de sistemas políticos, culturas y religiones. Pero para llegar a este mo­delo, para realmente entender su razón de ser, es necesario aten­der cursos de humanidades, particularmente de filosofía e histo­ria, en donde nos familiaricemos con argumentos que sustentan la idea de una persona concebida, no tan sólo como un cuerpo que ocupa un lugar en el espacio, sino como un ente pensante, capaz de emociones y sensaciones de dolor y de placer, de sufrimiento y bienestar. Ver en nuestros congéneres a otras personas, nos impide verlos como objetos susceptibles de ser usados para nuestros pro­pios fines, buenos o malos. Nuestra posición ante la otra persona es, o debería ser, de empatía, es decir, debemos ver al otro como una oportunidad para adoptar su punto de vista ante la vida y mostrarnos, a través de una proyección imaginativa, su vida inte­rior, su vida mental, lo que con seguridad nos llevaría a buscar coo­perar con ella, y no a competir por los escasos recursos del mundo exterior como aconseja la racionalidad egoísta de cada persona.8

Ese modelo de educación que aspira a apuntalar una verdadera ciudadanía global, debe iniciar por familiarizarse con los valores humanistas, valores como la democracia y el auto-gobierno, la li­bertad de expresión, el respeto a los rasgos distintivos entre unos y otros, la tolerancia de preferencias sexuales diversas, etc., etc. La posibilidad de que seamos capaces de transmitir estos valores de generación en generación, depende de que podamos ver más allá de la riqueza económica como objetivo toral, y de que luchemos por ensanchar las capacidades de nuestros jóvenes evitando que su horizonte incluya tan sólo estrategias cada vez más sofisticadas y robustas para lograr utilidades y ganancias. Estos jóvenes nece­sitan encontrar, no sólo fuentes de empleo bien remunerados, sino también un sentido a su existencia que los alejen de tentaciones y protagonismos como los que puede ofrecerles el EI.

Nuestra obligación es promover una cultura humanista que fo­mente el respeto por los demás, la cooperación y la igualdad, y nos ayude a poner un alto a la avaricia y el narcisismo que caracteriza a las sociedades modernas. Pero queremos también una cultura que nos equipe para la crítica sustentada y la argumentación racional en contra de ideas retrógradas y nos haga aborrecer el dogmatismo en cualquiera de sus manifestaciones. Insistamos por ello en la ne­cesidad de incluir a las humanidades en la curricula escolar a pesar de que su estudio no esté ligado, directamente, a la obtención de mayor riqueza y mayores ganancias; ese no es su papel. Su función es otra, a saber, hacer que el mundo sea un lugar digno para que lo habiten personas, seres dispuestos siempre a la crítica racional, sensibles para ver a sus congéneres como entes pensantes, como personas en el pleno sentido de la palabra que acabamos de descri­bir, seres con emociones y sentimientos, que nos merecen todo el respeto y nuestra mayor empatía.

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En el presente libro, me propongo hacer una defensa del humanis­mo liberal que tuvo su origen en el pensamiento de los griegos, y se consolidó en los siglos XVII y XVIII, los llamados Siglos de las luces y la Razón. Este período de la historia se conoce mejor como la Ilus­tración, una nueva ideología que puso a la vida y la felicidad del hombre en el centro de la jerarquía de valores, e hizo de la razón y la evidencia, las guías más confiables para el diseño de nuestras instituciones sociales. En el humanismo surgido a partir de la Ilus­tración, no hay necesidad de recurrir a ningún tipo de Sagradas Es­crituras, de rituales mágicos o de mandatos divinos; no hace falta apelar a almas inmortales ni a la “otra” vida, o a Dios, a fin de que responda de manera individual por cada uno de nosotros.

En efecto, es en la Ilustración en donde se encuentra el ger­men de la revolución humanista que sigue vigente, querámoslo o no, hasta nuestros días. Son dos los elementos fundamentales que cambiaron la óptica durante estos siglos: el primero de ellos es el convencimiento de que las creencias sólo pueden justificarse apelando a la lógica y la experiencia, y el segundo es el convenci­miento también de que son las personas de carne y hueso las que de veras importan, y no ya las almas y su salvación que aconseja­ba la aceptación resignada del sufrimiento en el mundo terrenal ante la expectativa de recompensa en la “otra” vida.9 El impulso de este nuevo humanismo ―debido en gran medida a las ideas de pensadores como Hobbes, Spinoza, Descartes, Locke, Hume, Kant, Smith, Mill entre otros― logró poner en el centro del debate moral la vida del hombre, del ser humano, y su felicidad terrenal.

Se ha identificado a la Ilustración con una visión un tanto exal­tada de la racionalidad y la benevolencia humana, así como con la creencia en el progreso y, en general, con la capacidad humana para su auto-perfeccionamiento. Se le ha entendido también como la defensora de la tesis de que todos los individuos tienen el de­recho de forjarse por sí mismos su propio destino, y no permitir que otros lo hagan por él, o ellos, o, lo que realmente viene a ser lo mismo, a vivir sus vidas de la mejor manera posible, sin ayuda o impedimentos provenientes de decretos divinos. Por último, se le ha visto también como la fuente de esa comprensión moderna, liberal, tolerante, antidogmática y seglar de la política, y como el origen intelectual de tesis universales como la unidad esencial de la especie Homo sapiens, los peligros de la esclavitud y el racismo, de nuestra convicción de los derechos básicos compartidos por mujeres y hombres y, finalmente, de esa concepción moderna de una sociedad global o cosmopolita.

El cambio no podía ser más radical y dio lugar a su vez a una alteración en la sensibilidad humana, y eso motivó que resultara comprensible y sencillo identificarse con el dolor y el placer del otro, es decir, tener empatía con los otros y con las vicisitudes de sus vidas. Y todo ello como consecuencia del cambio que implicó ha­cer a un lado el alma de las personas, y privilegiar en su lugar y por encima de ellas, la vida de las personas. Es éste el modelo de vida y de educación que se propone, en lugar del modelo que ve en las creencias religiosas, en la fe, el fundamento de la vida en sociedad, ofreciendo la verdadera recompensa en la siguiente vida ante los sufrimientos que inevitablemente trae aparejados la vida en este mundo, como sucedió hace ya más de una década al convencer a pilotos suicidas musulmanes que volar su avión en contra de los rascacielos de Manhattan, o, más recientemente, vaciar sus metra­lletas en clubes nocturnos parisinos al grito de “Alá es Grande”, los haría acreedores a 72 vírgenes en el cielo.

 

Notas

1 Cfr., The Civilization of the Renaissance in Italy, Traducción al inglés de S.G.C. Midd­lemore, 1878. La edición en español estuvo a cargo de Editorial Porrúa, S. A., Colec­ción “Sepan Cuantos”, 1984.

2 John Gray nos dice que, en realidad, la mayoría de los secuestradores no eran practicantes de siempre del Islam y que el fundamentalismo que representan solo podría haberse desarrollado a través del contacto con Occidente, ver Black Mass: Apocalyptic Religion and the Death of Utopia, Penguin Books, 2007, esp., el sub-capí­tulo, “Why the ‘War on Terror’ cannot be Won”.

3 Según la tradición, los califas deben descender de la tribu del profeta, es decir, ser un Qurayshi, y Baghdadi sí lo es, mientras que los califas del imperio otomano no lo son, como tampoco lo es Osama Bin Laden.

4 Ver Michael J. Sandel (2013). What Money Can´t Buy: The Moral Limits of Markets. Penguin Books.

5 Ver, Not for Profit: Why Democracy needs the Humanities, Princeton University Press, 2010.

6 Martha C. Nussbaum, Op. Cit.

7 Ver la obra de Hughes que lleva ese título, Alfred A. Knopf, New York, 1991. La cita viene de Othello:

Desdemona. Whatwouldstthouwrite to me, ifthoushouldstpraise me?

Iago. O gentle lady, do not put me to ‘t,

For I am nothing if not critical.

Desdemona. Come on, assay.

8 Es ésta la conclusión que debemos derivar de un análisis profundo de los casos que se conocen como Dilema del Prisionero toda vez que, si ante uno de esos casos, decidimos guiarnos por la racionalidad egoísta de la primera persona, saldremos perdiendo ya que todo indica que el otro prisionero actuará de idéntica manera. Ver más adelante el capítulo viii, en donde discuto en detalle estos casos.

9 Coincido con la apreciación de Sam Harris en su libro The Moral Landscape, Si­mon and Shuster, Inc., 2010, en el sentido de que “… pocos conceptos han ofre­cido un mayor horizonte a la crueldad humana, que la idea de un alma inmortal independiente de todas las influencias materiales, desde los genes hasta los siste­mas económicos”, p.110, y en el curso de este libro daremos pruebas suficientes para sustentar este juicio.

Información adicional

Autor(es)

Álvaro Rodríguez Tirado

Edición

2016

ISBN

978-607-9093-36-5

Número de Páginas

288

Índice

Introducción

  • La misión divina de Sócrates: la vida que vale la pena vivirse. El juicio de Sócrates.
  • Explicaciones naturales en la Grecia clásica. Epicuro y el epicureísmo. Lucrecio, De rerum natura y El Giro. Savonarola y su hoguera de las vanidades. Giordano Bruno.
  • El escepticismo de Michel Eyquem de Montaigne.
  • Baruch Spinoza: El Judío Ateo y su tesis Deus sive Natura.
  • La Ilustración temprana y la Ilustración Radical.
  • La Ilustración: Voltaire, Meslier, Diderot y D’ Holbach.
  • La influencia de la Ilustración en los Padres Fundadores de la Unión Americana.
  • Relativismo moral. Subjetividad y Objetividad. Cooperación y empatía.
  • El pensamiento crítico y el imperio de la razón. Religión y ciencia: La amenaza del nihilismo.
  • La Alternativa Humanista: la vigencia del pensamiento de Epicuro, Lucrecio y Spinoza.
  • El humanismo ilustrado. ¡Sapere Aude!.

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