Olor a lluvia (cuento de Román Eduardo Méndez)

Encuentra este y otros cuentos en el libro “Estoy contigo… y pienso en María” de  Román Eduardo Méndez

 

 “Olor a lluvia”

Se siente tan bien hacer el amor en un día como éstos, lluvioso, con el olor de tus piernas al enfriarse poco a poco y después verlas llevarte hasta la ventana para que pegues tu frente al vidrio y dibujes animalitos de rayitas delineados con la punta de tus dedos sobre la silueta de vapor que deja tu respiración… Saltaste enseguida de regreso a tu cama porque buscabas algo con que cubrirte; no soportas que observe tus senos desnudos después del calor de la pasión y los cubres juguetona con tus manos vigilando que no mire que te escondes debajo de las sábanas para repegarte a mí, y si miro debajo de la tela me regresas la mirada y me pellizcas la nariz. Buscas dormirte pronto apretando los párpados, mientras tus manos curiosas recorren mi pecho, mi vientre, juguetean sobre mis muslos, entre la ingle, apretándome el sexo; “con él me gusta jugar”, me dices al oído, y muerdes mi oreja y juras que sería maravilloso despertarme así todos los días. Debajo de la sábana translúcida cubierta por sombras proyectadas de las persianas, las que siempre bajas sin importar que haya o no alguien del otro lado de la ventana antes de hacer el amor, antes de atraparnos entre el refugio de tu apuro por verme arriba de ti, adentro, pensando en que pronto tendré que irme, que regresar, a pesar de que incluso me quede todo el día o hasta la hora de la comida, y te entra la prisa y te sale la culpa.

Te vistes apresurada, sales descalza del cuarto para abrir el refrigerador, sacar la jarra con agua de limón, calentar la sopa de fideos con hojas de espinaca que hiciste temprano cuando llegué, y acomodas dos servilletas, dos vasos, dos cucharas, dos de todo sobre la tabla desnuda de la mesa. Por apurarte y no dejarme ayudar, derramas el agua fría sobre los dedos de tus pies aún más fríos, los escondes porque odias que los toque, que te vea los dedos, que los agarre y los mordisquee; aprietas los muslos, con tu pie derecho tratas de detenerme rosándome la entrepierna y del coraje al ver mi boca besando tus uñas, tus tobillos, te desabotonas la blusa y derramas ahora un poco de agua de limón de la jarra sobre tus senos para incitarme a lamer tu torso y dejarte los pies en paz, me niegue cerrando más la mandíbula y tú grites y rías a escandalosas carcajadas por las cosquillas, me ordenes que ya hay que comer porque todo se enfría y con las servilletas te seque el pecho mientras saboreo los restos de pulpa de limón esparcidos en la punta de tus pezones y lloriquees porque tendrás que bañarte otra vez, porque estás pegajosa y ya va a llegar tu madre y me preguntes si me gustó la sopa, me cuentes otra vez cuando cocinaste croquetas de atún para un amigo de la preparatoria. Las quemaste; él por pena y solidaridad se las comió todas frente a la cara divertida y burlona de tu hermanita y tu rostro desesperado. ¿Qué buen amigo, no?

“Y hablando de amigos…, qué somos. ¿Por qué sólo conoces mi casa, mi cama, y no conozco yo la tuya o a tu madre y no me has pedido que sea tu novia?; yo, hasta el French Poodle de mi tío te presenté”, y el sermón comienza y abres tus ojos preciosos y me quedo pensando en lo primero, en tu cama (en su centro, la rosa de los vientos, de sus cuatro rumbos laterales donde se puede beber el deseo hecho agua que viene de la luna, la luna en el agua de tus ojos felinos, de isla esmeralda, y el deseo aparece; en esa cama con esa lluvia nos terminamos/empezamos a desear, la cama de cuatro lados donde el mundo nace, en cada pliegue hay vida viva y en cada esquina el perfume de tus miradas, de tus piernas abiertas regalando el jugo de la fruta madura. La cama lo es todo, es la noche en que me siento a escribir, a describirte, la espera a que aparezcas boca abajo sobre el pasto de los jardines de la universidad; la cama lo es todo, el Universo-Cama se expande y se te duerme el cuello y la mitad de la nuca boca arriba sobre la cama cuando muerdo los gajos de tu fruta madura), en tu casa, donde todo está tan inmediato, tan seguro, tan natural, tan cotidiano, que siento propio, parte de algo. La siento mía, todo en la medida correcta, con un tibio olor a mango que tranquiliza y refresca; y esa cama que de mañana hasta las dos de la tarde es mía y si llega tu madre temprano yo no debo de saber que “la cama otra vez está destendida m’hija, qué va a decir aquí el joven, no seas fodonga. ¿Qué vas a querer comer?, pero siéntete como en tu casa hijo, prende la tele, mientras esta niña se peina, ¡ándale chamaca!” Con el grito me llega el recuerdo inoportuno de nuestra distancia, del muro que levanto entre mi vida y la tuya y la nuestra; no hay casa mía, ni familia, la ilusión de la permanencia en el recuerdo, “el amor no es sólo hacer el amor todo el tiempo”, me dijiste furiosa, y tu furia en mi cabeza no se va, se queda: “¿Amiga, para siempre. Mujer, un rato? No te quieras pasar de cabrón”.

No sé qué sigue después del beso, de la casa y de la cama, de las persianas abajo o de las puertas cerradas, de las sábanas calientes y mojadas y sí, amiga, te conocí toda la vida pero mujer te tuve una noche, o una mañana, o una tarde de lluvia dentro del coche y para subsanar la espera que se convirtió en tormenta, empañamos los vidrios, nos quitamos la ropa y hablábamos de qué pasaría después, si seguía un viaje o hacer la maestría juntos en Brasil; “hay que huir de aquí”, y me acordé de Natalia que escapó a Francia a buscar a su novio parisino y le pregunté si sabía algo de L’École de Design en Nantes, que me habían llamado de la escuela francesa para entrevistarme, y pensé si a Natalia no la hubiera conocido (a fuerza por sugerencia de ella) como amiga, sino como mujer y en lugar de leer todos los lunes sus correos con historias de comida desde París (la nourriture plus délicieuse dans le monde est ici, près de la Tour Eiffel), hubiera escuchado nada más que sus nalgas chocar contra mis sartorios, esperar el amanecer para irme de nuevo y comer el dulce de crema que preparara la noche anterior para mí, mientras llenaba mi vaso con el Beaujolais y leía a Baudelaire ante sus pesadas gafas llenas de polvo de los parques de Polanco, levantara su blusa para limpiar los anteojos y presumiera orgullosa su ombligo crónico de minúsculos vellos rojos; para ver la gota carmín que serpenteaba al borde del vaso, como esa que persiguen tus ojos y tus dedos dibujando animalitos de rayas sobre el vidrio de la ventana, mientras te comportas solemne, te amarras tus cabellos dorados hacia atrás, sabiendo que no me gusta que lo hagas y te los dejes sueltos, suspiras y te dices a ti misma desde lejos: “cuánto me gusta el olor a lluvia…”

Méndez, Román Eduardo (2016). Estoy contigo… y pienso en María. Cuentos. México: Grupo Editorial Cenzontle.